Medidas drásticas

Aunque había transcurrido mucho tiempo, Aurora seguía sintiéndola cerca. Cuando salía a comprar, a pasear por la orilla del río, a perderse cerca del precipicio que se encontraba en las montañas por las que sentía predilección…incluso cuando hacía la comida, percibía el constante asilo de Aura. Ahora era realmente feliz. Por fin podía serlo.
Aura siempre emanaba alegría, era de espíritu fuerte y nunca dejaba que la soledad la abatiera. Aun cuando Aurora no estaba a su lado durante largo tiempo, ella sacaba fuerzas para continuar sin caer en la desidia. Pero Aurora no era así, se deprimía enseguida, no era capaz de subsistir sin su hermana mayor, de quien todo lo había aprendido.
Sus padres, antes fallecer en un fatal accidente de tráfico, siendo que eran personas muy ocupadas y trabajadoras, encomendaron gran parte del cuidado de Aurora a Aura, quien, no mucho mayor que aquella, se encargó de que nunca le faltase un hogar lleno de alegría y vitalidad durante su niñez tras lo acontecido.
Al principio resultaba duro, especialmente para Aura, a la que le tocó crecer repentinamente, guiñándole un ojo a la juventud a la que alimentó a base de quehaceres y preocupaciones propias de la adultez; pero su capacidad de resiliencia le infundía ánimo y espíritu de avance.
Aurora seguía creciendo débil y con propensión al marchitamiento, en vano de los esfuerzos de su hermana por reflotarla. Era depresiva y siempre la tacharon de egoísta, pues parecía no valorar lo que su familia hacía por ella. Aurora, por supuesto, acopiaba otra visión del asunto.

Tiempo después, la muerte volvió a acariciar la estabilidad de Aurora.  Aura no entendía por qué su espíritu permanecía y permanecería al lado de su hermana,  pero tras despeñarse por el precipicio sí comenzó a entender muchas otras cosas.
Quizá fue desde que nació, o tal vez durante la primera infancia de Aurora. Los médicos no la vieron nunca como a una niña normal, no encontraban diagnóstico ni tratamiento para su inestabilidad ni remedio para el comportamiento que desarrollaba. 
Tampoco en el colegio era distinto. Ya en la guardería desprendía cierto halo de terror que impactaba contra ella en forma de rumores y burlas, además, jamás emitió palabra alguna a partir de los 4 años, voluntariamente. Para muchos “no quería hablar porque adoraba llevar la contraria y plagar con sufrimiento y preocupación a la familia”.
La realidad no tomaba un rumbo desencaminado, pero a la fuerza. En cierta manera, fue la mejor forma que encontró para satisfacer la ayuda que no se le había brindado por ignorancia. Pero cargaría con el peso de las consecuencias el resto de su vida. Percibir presencias y no transmitirlo por miedo al rechazo la había abocado a servir al silencio y a la perpetua locura. Tal vez por eso Aura, desconociendo el porqué, permanecería en vínculo eterno con ella. Sentía que la necesitaba. Viva o muerta. Y aunque jamás perdonaría que cortase los frenos del coche que mató a su familia, veía con compasión que para Aurora quedara la tranquilidad de que, siendo todos espíritus, por fin comprenderían en muerte todo lo que a la pequeña niñita callada le sucedía en tiempos ignotos y que, en vida, no habían sido capaces de afrontar.

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