Cógito ergo sum


Únicamente pretendía guarecer mi interior del mundo real. Sin quererlo, una doble personalidad fluía por mis ansias de expresión, opacando la sensación de malestar que me oprimía la mente.
Por las mañanas se tornaba llevadero pasear por calles semi pobladas, el fluido tránsito no motivaba quejas. Sin embargo, por las tardes era preferible quedarse en casa.
Por su agorafobia, resultaba contraproducente auscultar el exterior. Ella decidía. Su mundo interior no admitía foráneos; el mío tampoco... aunque ella era más fuerte, sabía llevar las riendas del miedo, indómito a mis ojos.
Sólo nos encontrábamos por las noches, platicábamos hasta altas horas de la madrugada. Yo le prometía intentar desprenderme de la debilidad que me absorbía cual agujero negro a la materia que se encuentra cercana a él. Ella se culpaba por no saber levantar mi peso estrellado por la cinética de la esperanza. Por no ser más cercana. Más cálida.
Aun así, simplemente pretendíamos que el exterior no nos dañara una vez más, apartando aquella extraña presencia que aún nos mantenía expectantes al transcurso de los proteicos e imperecederos días: ella ergo yo.

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