Los días que se suceden


Sentada en aquel columpio que la acunaba suavemente, un sinfín de sentimientos invocaron recuerdos en su memoria.
Habían pasado años desde la primera vez que llegó con su familia a esa aldea. La casa de piedra la percibió empequeñecida, al igual que el jardín que la contenía.
El columpio en el que tanto había disfrutado antaño, hogaño se anunciaba oxidado y anhelaba jubilarse.
Ahora, los pies le llegaban al suelo. Frenó en seco, se irguió y dando un giro sobre sí misma de trescientos sesenta grados observó la parcela con nostalgia y cariño.
También a ella la juventud se le estaba escurriendo entre los dedos con sutileza e inexorabilidad.

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