Trágica maldición


El canto de aquellas sirenas resultaba agradable y atractivo. Al atardecer, los habitantes de la villa frecuentaban la orilla del mar sólo para escuchar sus particulares melodías y poder relajarse.
Reparando en su presencia, Naloa y Enúa deleitaban a los lugareños con su musicalidad.
La menor, temerosa del mundo ajeno al mar, nunca afloraba al exterior, aguardando al regreso de su descuidada hermana, que sí lo hacía.
Una mañana, por semejante imprudencia reiterada, un pescador furtivo capturó a la mayor, quien fue expuesta como pieza extraordinaria en el museo de pesca del pueblo, atrayendo comercio y ventas, para desgracia del dios del mar. A raíz del fatídico acontecimiento, los habitantes cayeron bajo la maldición de Poseidón, y cada vez que amanecía, un natural del lugar tributaba la muerte de Naloa. Jamás se volvió a escuchar cantar a las sirenas en aquella aldea, que sucumbió perpetuamente al castigo impuesto.


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