El artista


Y se sentó a esperarla, porque tardaba mucho en aparecer. Miró su reloj de bolsillo…”seis y cuarto” profirió para sus adentros. “Es hora de empezar”.
Sin inspiración alguna, asió su lienzo y comenzó a trazar líneas alborotadas sin destino aparente que parecían querer poseer un significado lógico desde la perspectiva artística. Entonces sonó el timbre. Era ella.
Mnemea, tan risueña y traviesa como siempre lo besó dulcemente en su mejilla izquierda y se acomodó en su anacrónico sofá, situado en el rincón favorito de aquel viejo corazón, donde el enorme ventanal invitaba a la meditación y a la tranquilidad provenientes de los prados vieneses en los que los días de él se habían sucedido con resplandeciente actividad.
Y en el entretanto, él había iniciado un viaje por los recovecos de su violín, evocando el pasado con nostálgica presencia, siendo consciente de que no regresaría a la mejor etapa de su vida nunca más… Ella, revoloteaba por las dependencias de la robusta casa para regresar al punto inicial desde donde había empezado su expedición, curiosa.
Allí se hallaban todos los útiles del artista de vocación y estaba dispuesta a retornarle la inspiración a su alma perdida.
Y sonriéndole con ternura, se acercó tímidamente y le besó dulcemente en la mejilla…

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