El país de los muertos
Los sueños
envenenaban su destino de adherirse a la muerte, el trocito que inexorablemente
le había sido legado para dirigir desde allí la suerte del resto de los
mortales.
Pero soñaba...
y ello la distraía de las labores asignadas por aquellos
que erigieron nuestro mundo.
Y ella... ella
persiste en su obduración por saborear la vida en la tierra, aun siendo efímera
y banal. ¿Y nosotros? ¡Nosotros qué! nos rompimos los cuernos en el
denuedo por seguir instrucciones superiores, tal y como se nos había
encomendado... manteniéndonos en eterna alienación, subyugados a intereses
que nos habían sido impuestos en pro del equilibrio.
Y ahora, lo
único que podemos hacer para arrastrarla a la realidad es convencerla de lo que
va a malograr si continua obstinándose y no ascender a tiempo a
nuestro mundo... del que, a fin de cuentas, tendrá que encargarse, llenándose
de hastío y sucumbiendo ante el odio que aflorará cuando comprenda que nunca
más podrá sentir un ápice de libertad... pero allí abajo seguro que no sería diferente...
Es pues,
nuestra última esperanza, de lo contrario nos sumiremos en el olvido mientras la
vida sale incólume de la devastadora muerte. Sin muerte, no habrá más que una falsa eternidad
y ¿Desde cuándo es coherente concebir una vida eterna? al fin y al cabo todo es
cuestión de supervivencia.
Comentarios
Publicar un comentario